Introducción
Introducción
#1
Wesley
Habíamos salido a las seis de la mañana con Dusget a un paseo diario, a apreciar los jardines de los vecinos que él disfruta olfatear, recorrer la avenida, y de comprar algo de provisiones recientes en el pequeño mercado. Y sí, aunque tenía correa conmigo no la usaba gracias a su temperamento tranquilo, le sobra obediencia. De tamaño mediano, este mestizo es la mascota ideal.
Todo parecía ir como de costumbre, en dos años y medio de patrullar una parte del distrito hizo que las personas lo conocieran y adorasen. ¡El buen Dus al rescate! Oficial perruno trabajando, grande el más guardián, el alfa de alfas salió, un ángel de cuatro patas, ¡qué hermoso! ¿Qué haríamos sin el manchado? A Dus le encantan esos mimos, sabe que le tiran ánimos cuando se detienen a felicitarlo con caricias o saludando a distancia. Siempre un ladrido enérgico les contesta a la vez que les menea la cola. Su inconfundible color caramelo con uve blanca en el lomo como en su pecho, en especial la mancha crema en cada dedo de sus patas blancas, lo hacían inolvidable. Sin embargo, ambos sabíamos que era un día diferente. Se podía sentir, estábamos ansiosos, esperando...
Me detuve un ratito, flexioné a su altura, le di un abrazo.
—Gracias, amigo, estaba seguro que vendrías conmigo.
Le coloqué la correa en su pechera como solía hacer cuando tanteamos un terreno inexplorado: lejos del pueblo, un sendero solitario, urbanizaciones abandonadas, áreas protegidas asignadas a inspección. Por lo extraño de la situación, exigía prudencia. Nos guió su nariz, dimos unas vueltas acelerados al menos treinta minutos. Ya agitados nos detuvimos.
—¡Eso suena interesante! ¿Pero en qué momento entro yo?
No comas ansías le dije. Primero déjame terminar.
—Te gusta exagerar las cosas, ¿verdad?
—Que pares te repito, estoy contando ahora... —La miré con severidad.
—Tch, haz lo que quieras—bufó.
Le di agua de botella sacando el plato de la mochila porque estar equipado es obligatorio. El reloj de muñeca avisaba que aún teníamos tiempo ante la sensación contraria. El buen clima se asomaba, sol radiante. Fue cuando pensé en correr riesgo, acortar camino a través de la vegetación entre los árboles que rodea la autopista, aquella que vacía lucía a las 7:30 am.
Confiar en Dusget era vital, mi estómago crujió, no desayuné con el apuro, obviamente el perro, sí. Hasta me dedicó una mirada de reojo a modo de regaño y continuó. Minutos después libres de la espesura natural llegamos a la estación. Quería llorar, reprimí un llanto, el autobús acaba de partir, alcancé a divisarlo a distancia. Dus se quejó viéndome al rostro.
—Eh, niño, ¿por qué lloras?
Entonces no pude más y solté todas las lágrimas sin voltear.
—No me ignores, te estoy hablando. Oh, ya veo, lo siento tanto —Se retractó al entenderlo.
Una niña se escondía tras el letrero gigante de señalización.
—Sabes, puedes contarme si deseas. Sigo aquí...
Abrí los ojos de par en par y me giré;
—Tú... Por favor dime tu nombre. —Hablé con voz entrecortada.
—Hatni Wesley. Hasly para ti.
Se acercó, extendió su mano acomodando su cabello por el viento y me dedicó una amplia pero sincera sonrisa. Me ruboricé apenas tratando de disimular. Por un instante se congelaron mis penas. Quizás nunca iban a regresar.
Wesley #2
Hizo señas, gestos, caras raras. Lo típico de ella mientras guardaba silencio desde que interrumpió.
Mi alegría se disparó al volverla a ver. Jamás le diría lo que en realidad sentí ese día.
—Aguafiestas. Di algo o voy a gritar. Juro que lo haré.
—Bien, esta es la versión de cómo rayos terminé perdido en medio del bosque en plena oscuridad.
Narré nuevamente.
Su cabello casi ensortijado le acariciaba el rostro angelical. Por supuesto, hasta que la conoces en totalidad. Un pantalón azul y una chaqueta rosada la vestían con gracia.
Le di la mano y en un suave apretón tiró de mí diciendo "Ya llorón, ya va a pasar" y soltó una risita. Eso me causó risa también.
—Eres mala.
—Bastante creo, pf. Trato de mejorar...
Entre carcajadas, ella de doce y yo de trece reescribíamos la mañana del diecisiete de Julio de 2026.
Tenía un paquete, me enseñó.
—¿Galleta?
—Sí, por favor. Gracias.
Acababa de abrirla. Faltaban dos. Me sorprendí, ese empaque era mi favorito y recordé que cargaba comida que compré en el mercadito.
—Tengo provisiones —añadí secándome las mejillas.
—¿En serio? Vayamos al parque del otro lado. No queda lejos. Asentí, luego solté a Dusget, quien sin dudarlo se lanzó en la chica llenándola de lamidas. Saludó afectuoso, un comportamiento singular que pocas veces se repetía.
Acepté acompañarle e intercambiamos preguntas.
—¿A cuántos kilómetros dijiste?
—Jajaja, no sé. Diez minutos máximo.
—¿Qué hacías ahí metida? ¿De quién te escondes?
Mi pulso se aceleró, no pretendía oír malas noticias. Ella avanzaba con los brazos cruzados, permaneció callada. No movió los labios ni para comer. Hasta que por fin.
—Es por alguien que ya no importa.
—¿Algún dilema de amor?¿Tienes enamorado?
—¿¿Qué?? ¡No, qué horror! Ay, digo, ojalá tuviera tiempo para eso. Por otra cosa.
—Yo venía a despedir un familiar en la estación. Discutimos y pensaba en disculparme.
Escuchó, me miró, vio a su alrededor.
—Escapé de mis padres.
—Suena grave.
—Para nada. Solo perdí a mi tutor contratado. En casa me ignoran. —Sonrió desganada.
¡Jajajaja! Triste, estaba deprimida por la indiferencia de los mayores. Además, ¿quién se pone decaída por un romance? Es estúpido.
—Muchos afuera.
—¿De esta cueva? Oye, si te ha sucedido, admítelo.
Entrecerré los ojos.
—Voy a retomar la historia mejor.
—Qué aburrido.
—Coopera, estamos atrapados por tu culpa. Haz memoria y pídeme perdón.
—Ni muerta.
Esa palabra me dio escalofríos. ¿Las mujeres son así de duras?
—Acostumbras a perder gente, lo sé, pero yo las busco y halló, las rescato.
—Vaya, entonces, ¡qué tal si nos sacas de este lugar!
Dus saltoneó y ladró en reclamo.
Maldición, a pesar de sus palabras inexactas tenía la razón. Acomodé la antorcha, la toqué por ansiedad. Necesitaba pensar.
—Tal vez no fue culpa del oso, sino del conejo.
Sus ojos almendrados me miraron asombrados. Capté su atención.
—¿Es broma? Por supuesto que del oso. Imagina a una inocente criatura indefensa capaz de esta maldad.
—Me eché a reír. Más y más fuerte. Cuando Hasly entendió sus palabras, tuvo que taparse la boca para evitar un papelón.
—Es divertido. Hacía falta.
—Pero perdió el oso, ¿sí? —insistió ya calmada.
De repente, un gruñido retumbó y un zarpazo poderoso golpeó la entrada. Sarandeó a lo único que nos separaba, una gran roca atorada en el umbral.
Has se apegó a mi espalda asustada. Dusget se puso en ofensiva, gruñó enojado y ladró.
En eso un fuerte rugido nos impartía terror y silencio. Nuestro perro bajó el rabo y retrocedió. Es imposible pensé, cuando ella mencionó.
—Es la bestia, ha regresado.
Wesley #3
Ensordecedor, el sonido grotesco invadió el interior cerrado. Las ondas rebotaron en cada rincón a los 129 metros de la húmeda cueva. A simple vista el espacio ancho recibía a los visitantes prometiendo lo que más allá resta con su angosto diseño, largo y al final clausurado en teoría por un derrumbe casual o generado.
Los forcejeos mecían la improvisada puerta, el pánico me dominó, tensión y miedo. Nos planeaban cenar. Hasly comenzó a gimotear, ahogando gritos de espanto. Me sujetó nerviosa, incluso sentí sus uñas clavarse. Dusg se armó de valor y lanzaba ladridos a la criatura que le sobrepasaba en tamaño.
Teníamos dos opciones. Una abertura en la parte angosta servía de tragaluz a una altura de dos metros aproximadamente en su techo irregular, con suerte lo suficiente para sacarnos del peligro. El problema yacía en el olfato del cazador. Tan fino y evolucionado para detectar a su presa escapando por arriba como ya lo había hecho. Este excelente trepador no tardaría ni cinco minutos en alcanzarnos. La otra solo un demente la tendría en cuenta, quitar la roca atascada usando su ayuda y enfrentarlo a modo de distracción. No, no, no, te lo suplico, no, rogaba Has. ¿Qué tal ejecutar las dos?
Transcurrieron más de quince minutos o eso creía. Al ver la hora daban las 8:35 am. Ese número significaba mucho este sábado porque era la tercera vez que lo repetía. Me puse la capucha que cubría mi casaca gruesa. Haría frío al anochecer, en Sirkedgal el clima se desenvuelve en una antítesis fenomenal.
Hablamos de clases, de los compañeros y maestros. Al mencionar direcciones concluyó.
—Espera, ¿tú no eres el rescatista que dicen es el mejor después del personal policial?
—Ah... Bueno, eso es porque ellos demoran en acudir, jejeje.
—Cosita helmosa, uy, qué guapo. Eres muy tierno, ¿quién es el mejor?
Le hablaba al perro...
—Normal, él hace todo el trabajo, se merece el crédito.
Si quieres te lo puedes quedar.
—¿¡En serio!? ¡Wuju! Escucha, detecto... celos, celos...
Dusget levantó una oreja con gesto de sorpresa.
No se despegó de Hatni y siguieron en correteo, en atrapadas, felices, contagiaban su entusiasmo.
—Esto es tan distinto a lo que fue.
Cayeron cansados en el césped que supuse pertenecía a...
—Llegamos al parque Nostil.
A diez kilómetros de Weginlao. El área abandonada, el territorio maldito por sus campos infértiles en consecuencia del exceso de las artes oscuras. Desmembramientos, sacrificios, desapariciones, sucesos sobrenaturales, brujería.
—¿Asustado?—preguntó curiosa.
—Para nada.
Y el viento sopló golpeando nuestros cuerpos. Los cabellos se alzaron alborotados.
Nos sentamos en el gras. Las bancas excluían al amigo perruno. Hasly me explicaba qué sucedió y el motivo que la trajo a estar a solas. Compartí mi opinión sin críticas. En efecto, funcionó. Recuperó el semblante, ello la agobiaba.
Le hablé de lo difícil que es convivir con un hermano que te supera en edad. Mentí, mi único huésped es Dusg. Al menos obtuve una sonrisa. Saqué un el paquete de galletas familiar, crujientes y ligeramente gruesas a las comunes, esto para mantenerse en viajes de excursión.
—Toma, es miel.
—¡Sí! Qué rico. Traes de todo ahí, ¿acaso irás a una guerra?
—Algo así —bromeé.
—Jajaja, qué tonto —repuso y me embarró la cara del pegajoso líquido.
—¿Pero qué? Deténganla, está fuera de control —exclamé, no obstante, se las arregló en untarme más.
Apenas tuve la oportunidad se lo arrebaté y le esparcí por donde pude.
—Con ustedes, mascarilla de miel, beneficiosa para la piel.
—Te odio.
Sacó el rollo de papel y se limpió saboreando sus labios. Yo chupaba mis dedos, Dusget me lamía gustoso aprovechando.
—Felizmente aún me queda la mermelada.
—Jaja, nooo. —Se fijó en la mochila. —¿Habrá una dulcería dentro?
—Hay toda una feria.
Dus se levantó alerta, ladró avisándome.
—¡Oh, cielos, un conejo!
—¿Qué, cuál, dónde?
—Allá, mira —dijo y con sus manos sobre mi cabeza me mostró al escurridizo roedor huyendo despavorido.
—Un conejo blanco...
—Sí, es genial, vamos.
—No, pobrecito.
—Solo descubramos su escondite. Seguro son muchos, se reproducen en cantidad y...
—Deberías considerar lo pésimo que es perseguir conejos blancos. Es una locura.
—Pues quédate, adiós.
El fiel perro me abandonó fugando con su nueva amiga a toda carrera.
—Oye, espera...
Mis extremidades temblaron, sentí mareos, un frío intenso me recorrió la médula haciendo implotar los sentidos. Inhalé y exhalé constante.
—Es la señal...
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